La primera maleta que encontré fue la que cogí para empezar a meter toda mi ropa y pertenencias casi lanzándolas dentro. La rabia guiaba mis movimientos. Las lágrimas habían empezado a caer minutos atrás. Había estado engañada y ciega durante tanto tiempo. ¿Cuántas noches me había pasado horas llorando y deseando que todo esto terminara? ¿Cuántas veces había pensado que estaba loca? Tantas mentiras, tantas lágrimas siempre acompañadas de llantos lastimeros, tanto sufrimiento pasado en vano por una mentira de alguien que ni si quiera era quien decía ser. Había vivido engañada todo este tiempo. ¿Por qué le he estado creyendo? Siempre he sabido que lo que veía era real, que no podían ser invenciones mías pero por algún extraño motivo creía las palabras de Dan, por el simple hecho de creer también quien decía ser y esos falsos y vacíos “eres mi prima y te quiero”. ¿¡Cómo he podido estar tan ciega!?
Salí a la sala de estar apoyándome en la pared, las lágrimas no me dejaban ver nada y los sollozos no me ayudaban a mantenerme en pie. Apreté la mandíbula. Puse la mano en la mesa que tenía más cerca y con un fuerte impulso la levanté y lancé. Creo que perdí la conciencia de lo que hacía. Tan solo me encargaba de arroyar mi ira contra todo lo que encontrase, el sofá, los cuadros, las estanterías… cualquier cosa. Solo necesitaba romper algo, del mismo modo que Dan se había encargado de romper, quebrar y destrozar mi vida hasta hacerme a mí misma convertirla en un mismo infierno.
-¡Te odio, te odio, te odio!- en un momento dado tiré uno de los jarrones de vidrio que decoraban el mueble de detrás del sillón, al lanzarlo contra el suelo algunos de los pedazos volaron hacia mí, uno de ellos cortándome levemente en la mano.
Lo siguiente que sentí es un abrazo de lo más reconfortante. Me di cuenta enseguida que se trataba del rubio, tenía un algo que me tranquilizaba, menos cuando me miraba directamente a los ojos.
-Tranquila…- mis manos estaban en su pecho, aunque no apoyadas, estaban reacias a ello. Yo tan solo sollozaba. Si no fuera porque él me estaba sosteniendo ya estaría en el suelo- Mira lo que te has hecho en la mano… -se asombró separándose de mí y cogiéndome la mano sangrante entre las suyas.- Espera aquí- fue en dirección al baño. Me quité las lágrimas de los ojos antes de que volviera con una toalla visiblemente húmeda. Sentí un profundo escozor cuando la puso sobre mi mano, tiñendo parte de la toalla enseguida. – Será mejor que te saque de aquí en cuanto antes- cogió él la maleta y salimos de aquel funesto apartamento que esperaba no volver a pisar nunca.
~
La rubia se encontraba saliendo del instituto, se paró un segundo antes de bajar las escaleras y sonrió. Sí, había salido bien. Lo sabía, lo notaba e intuía.
-¡Maica!-escuchó su nombre a sus espaldas y vio a Ana corriendo hacia ella- ¿Sabes qué ha sido de ____? Es raro que se haya saltado las clases.
-Oh no te preocupes por ella. Está en buena compañía, ya verás cómo mañana vuelve por aquí.
-¿Te importa si voy contigo?
-¡Claro que no! Vámonos a casa- la rubia posó su mano en la espalda de la castaña. Algo más atrás vio a otro chico que no le hizo sentir demasiado cómoda, era un chico de rasgos duros y mirada oscura y penetrante, uno que, seguro que no era demasiado bueno, lo podía ver y sentir desde donde estaba. Por primera vez en su vida, una de esas personas la hacía sentir intimidada, pero no iba a dejar que se notara, ella era alguien mucho más fuerte que cualquiera de ellos, no podía dejarse intimidar por nadie.

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