Miércoles, mitad de semana escolar. Me levanté sintiéndome algo extraña, no enferma, pero sí extraña.
Como cada mañana me dirijo al cuarto de baño, me lavo la cara y al mirarme al espejo, puedo ver en mis ojos como una pequeña explosión nace en la pupila y va extendiéndose por todo el iris. Me quedé asombrada y perpleja, jamás me había pasado algo así. Rápidamente me dirigí a Dan preocupada, pero él tan solo me contestó que no veía nada. Debería haberlo supuesto. ¿Qué me estaba pasando?
~
Nada más entrar en el recinto del instituto vi sentado en las escaleras de entrada a un chico completamente vestido de negro, cabello rubio con un poco de melena y con unos ojos muy oscuros que me hipnotizaron desde mi localización. Esos ojos. ¿Acaso era él la persona a la que yo llevaba viendo estos últimos días?
-Veo que me has hecho caso-me giré y tenía a Maica al lado, volví a girarme hacia las escaleras pero ese extraño chico ya no estaba allí.- ¿Lo has notado?
-Creo que necesito muchas respuestas.
-Pues yo no puedo dártelas- confesó, crispándome los nervios.- Antes de que te pongas a tirarme de los pelos te diré que si sigues llevando ese anillo no tardarás en obtener esas respuestas que tanto quieres.
-¿Quién?
-Tú tan solo espera. Está más cerca de lo que crees.-esta chica era todo un misterio en sí misma. Se fue caminando hacia la entrada del instituto mientras en mi mente solo se formulaban más preguntas.
~
Por fin la hora del recreo. Salí del instituto dispuesta a ir a la cafetería de siempre durante mi media hora de descanso. Me senté en la mesa, la que yo podría denominar como “mi mesa” ya que siempre me sentaba allí gracias a que el dueño del bar procuraba que ésta estuviera libre de once a once y media para mí. Era una mesa redonda, en una de las esquinas del bar, con dos pequeñas sillas acolchadas con un cojín rosa pastel.
Pedí mi café con leche, nata y chocolate y saqué mi libro de poesía. Digamos que me ayudaba a distraerme. Miré un momento por el ventanal con banco que tenía la cafetería y vi a uno de ellos al otro lado de la calle. Cara pálida, ojos muy abiertos y ni parpadeaba, además de que solo me miraba a mí. Bajé la mirada y la enterré en mi libro. Me decía a mí misma que no le hiciera caso, no levantes la mirada, no te muevas.
-Ya se ha ido.-subí la mirada del libro encontrándome de frente con él, el rubio misterioso de antes. –Puedes estar tranquila-se echó atrás en la silla, cruzando las piernas y mirándome con la cabeza un tanto ladeada.
-Aquí tienes tu café cielo-me dijo la mujer del dueño del bar, Agatha, dejándome el café sobre la mesa. Me quedé extrañada, ni tan solo había mirado al rubio. ¿No le iba a tomar nota?
-No puede verme-soltó dándome la respuesta.
-¿Perdón? ¿De qué me estás hablando?
-Mira al hombre que tienes al lado-lo hice, me miraba como si estuviera loca- ¿Lo ves? No pueden verme. Solo tú.
Como cada mañana me dirijo al cuarto de baño, me lavo la cara y al mirarme al espejo, puedo ver en mis ojos como una pequeña explosión nace en la pupila y va extendiéndose por todo el iris. Me quedé asombrada y perpleja, jamás me había pasado algo así. Rápidamente me dirigí a Dan preocupada, pero él tan solo me contestó que no veía nada. Debería haberlo supuesto. ¿Qué me estaba pasando?
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Nada más entrar en el recinto del instituto vi sentado en las escaleras de entrada a un chico completamente vestido de negro, cabello rubio con un poco de melena y con unos ojos muy oscuros que me hipnotizaron desde mi localización. Esos ojos. ¿Acaso era él la persona a la que yo llevaba viendo estos últimos días?
-Veo que me has hecho caso-me giré y tenía a Maica al lado, volví a girarme hacia las escaleras pero ese extraño chico ya no estaba allí.- ¿Lo has notado?
-Creo que necesito muchas respuestas.
-Pues yo no puedo dártelas- confesó, crispándome los nervios.- Antes de que te pongas a tirarme de los pelos te diré que si sigues llevando ese anillo no tardarás en obtener esas respuestas que tanto quieres.
-¿Quién?
-Tú tan solo espera. Está más cerca de lo que crees.-esta chica era todo un misterio en sí misma. Se fue caminando hacia la entrada del instituto mientras en mi mente solo se formulaban más preguntas.
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Por fin la hora del recreo. Salí del instituto dispuesta a ir a la cafetería de siempre durante mi media hora de descanso. Me senté en la mesa, la que yo podría denominar como “mi mesa” ya que siempre me sentaba allí gracias a que el dueño del bar procuraba que ésta estuviera libre de once a once y media para mí. Era una mesa redonda, en una de las esquinas del bar, con dos pequeñas sillas acolchadas con un cojín rosa pastel.
Pedí mi café con leche, nata y chocolate y saqué mi libro de poesía. Digamos que me ayudaba a distraerme. Miré un momento por el ventanal con banco que tenía la cafetería y vi a uno de ellos al otro lado de la calle. Cara pálida, ojos muy abiertos y ni parpadeaba, además de que solo me miraba a mí. Bajé la mirada y la enterré en mi libro. Me decía a mí misma que no le hiciera caso, no levantes la mirada, no te muevas.
-Ya se ha ido.-subí la mirada del libro encontrándome de frente con él, el rubio misterioso de antes. –Puedes estar tranquila-se echó atrás en la silla, cruzando las piernas y mirándome con la cabeza un tanto ladeada.
-Aquí tienes tu café cielo-me dijo la mujer del dueño del bar, Agatha, dejándome el café sobre la mesa. Me quedé extrañada, ni tan solo había mirado al rubio. ¿No le iba a tomar nota?
-No puede verme-soltó dándome la respuesta.
-¿Perdón? ¿De qué me estás hablando?
-Mira al hombre que tienes al lado-lo hice, me miraba como si estuviera loca- ¿Lo ves? No pueden verme. Solo tú.

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