jueves, 15 de mayo de 2014

3. Accion Desencadenante

Miércoles, mitad de semana escolar. Me levanté sintiéndome algo extraña, no enferma, pero sí extraña.

Como cada mañana me dirijo al cuarto de baño, me lavo la cara y al mirarme al espejo, puedo ver en mis ojos como una pequeña explosión nace en la pupila y va extendiéndose por todo el iris. Me quedé asombrada y perpleja, jamás me había pasado algo así. Rápidamente me dirigí a Dan preocupada, pero él tan solo me contestó que no veía nada. Debería haberlo supuesto. ¿Qué me estaba pasando?

~

Nada más entrar en el recinto del instituto vi sentado en las escaleras de entrada a un chico completamente vestido de negro, cabello rubio con un poco de melena y con unos ojos muy oscuros que me hipnotizaron desde mi localización. Esos ojos. ¿Acaso era él la persona a la que yo llevaba viendo estos últimos días?

-Veo que me has hecho caso-me giré y tenía a Maica al lado, volví a girarme hacia las escaleras pero ese extraño chico ya no estaba allí.- ¿Lo has notado?

-Creo que necesito muchas respuestas.

-Pues yo no puedo dártelas- confesó, crispándome los nervios.- Antes de que te pongas a tirarme de los pelos te diré que si sigues llevando ese anillo no tardarás en obtener esas respuestas que tanto quieres.

-¿Quién?

-Tú tan solo espera. Está más cerca de lo que crees.-esta chica era todo un misterio en sí misma. Se fue caminando hacia la entrada del instituto mientras en mi mente solo se formulaban más preguntas.

~

Por fin la hora del recreo. Salí del instituto dispuesta a ir a la cafetería de siempre durante mi media hora de descanso. Me senté en la mesa, la que yo podría denominar como “mi mesa” ya que siempre me sentaba allí gracias a que el dueño del bar procuraba que ésta estuviera libre de once a once y media para mí. Era una mesa redonda, en una de las esquinas del bar, con dos pequeñas sillas acolchadas con un cojín rosa pastel.

Pedí mi café con leche, nata y chocolate y saqué mi libro de poesía. Digamos que me ayudaba a distraerme. Miré un momento por el ventanal con banco que tenía la cafetería y vi a uno de ellos al otro lado de la calle. Cara pálida, ojos muy abiertos y ni parpadeaba, además de que solo me miraba a mí. Bajé la mirada y la enterré en mi libro. Me decía a mí misma que no le hiciera caso, no levantes la mirada, no te muevas.

-Ya se ha ido.-subí la mirada del libro encontrándome de frente con él, el rubio misterioso de antes. –Puedes estar tranquila-se echó atrás en la silla, cruzando las piernas y mirándome con la cabeza un tanto ladeada.

-Aquí tienes tu café cielo-me dijo la mujer del dueño del bar, Agatha, dejándome el café sobre la mesa. Me quedé extrañada, ni tan solo había mirado al rubio. ¿No le iba a tomar nota?

-No puede verme-soltó dándome la respuesta.

-¿Perdón? ¿De qué me estás hablando?

-Mira al hombre que tienes al lado-lo hice, me miraba como si estuviera loca- ¿Lo ves? No pueden verme. Solo tú.

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