viernes, 9 de enero de 2015

13. no era cóмo eѕperaвa


-¿Cómo son?- nos encontrábamos en el ascensor, rumbo a la planta catorce. La susodicha no aparecía en el panel numérico. Ji me había dado la espalda antes de pulsar el botón fantasmal, así que no sé cómo lo había hecho.

-Bueno… no sé qué es lo que estás pensando sobre ellos pero no te hagas demasiadas ilusiones.

-¿Hay algo sobre ellos que tenga que saber?

-No… no te los imagines como personas vitales o llenas de vida… Para nada.

-¿Qué sucede con ellos?

-Mira- se giró hacia mí cuando el ascensor se abría ante nosotros dejándome ver una planta con una iluminación cegadora. – Si están siempre aquí arriba es por algo. Es muy peligroso que salgan de aquí, pero al mismo tiempo cada día que pasan encerrados los debilita más. No hay manera de que estén completamente seguros en ningún lugar.- por lo menos… por lo menos estaban vivos.- ¿Vamos?- asentí.

~

-Repito, no quiero que te lleves una desilusión, no son lo que te esperas- mi mirada no podía apartarse de la manilla dorada que estaba posicionada en el centro de la blanca y pulida puerta con detalles a juego con la susodicha manilla. Mis padres estaban tras ella y yo a tan solo unos metros y segundos de conocerlos.

-Estaré bien- lo dije por tranquilizarle, ya que a estas alturas yo ya no sabía qué podría suceder. –La manilla bajó, activando la ranura de la puerta, que se abrió. Suspiré profundamente, cargada de nervios. Ji entró en la sala y después me dejó entrar a mí. Era un lugar completamente blanco, los muebles que había, todos del mismo color que la sala, apenas eran visibles entre tanta luz y color cal. Después de unos segundos pude empezar a atisbar dos enormes sillas, que más bien parecían hamacas.

-¿Lista?

-Sí- lo siguiente que noté fue cómo él cogía mi mano y la apretaba con fuerza, pero ni le miré, ni podía ni quería. Me ponía nerviosa mirarle directamente a los ojos y estaba demasiado concentrada en el momento que estaba viviendo. Empezó a caminar y yo le seguí hasta llegar enfrente de ellos. Estaban con los ojos medio cerrados, como si dormitaran. Tenían la apariencia de personas de unos cuarenta años, pero lo que desprendían era algo similar a una persona mayor anclada en una cama del hospital.

-Adam, Jena…- Ji los llamó, haciendo que ellos tan solo medio abrieran sus ojos- su hija está aquí. –los ojos de ambos, de un color grisáceo casi increíble.

-Adam… fíjate en nuestra pequeña…-su voz era la más leve y suave que había escuchado en mi vida, es más, hasta después de unos cuantos segundos no logré entender lo que había dicho.

-Ha… ha crecido muchísimo.- él más bien parecía haber estado fumando todo un día entero, no solo por su lenta vocalización, si no por su voz áspera y profunda. –Me alegra que la protejas muchacho, nosotros estamos totalmente incapacitados para hacer cualquier cosa.

-Lo siento- una voz a nuestras espaldas me sorprendió, se trataba de un hombre alto, de piel oscura y vestido de blanco- pero deberíais salir, no es bueno que estén expuestos a nada de fuera de esta sala demasiado tiempo. – No, desde luego no era como yo me había esperado. ¿Dónde estaban los abrazos y los besos de “te he echado de menos todos estos años”? El hombre no se movió, aquellas personas que decían ser mis padres no pusieron objeción ninguna, Ji rodó los ojos en dirección a aquel hombre que quería echarnos de la sala y puso su mano en mi cintura para llevarme de nuevo a la puerta para salir de allí.

-¿Estás bien?-preguntó mirándome.

-Sí- mi mirada estaba posicionada en el pasillo y sin decir o esperar nada más empecé a caminar dejando a Ji atrás. Lo que le había dicho, esa afirmación era una enorme mentira, yo lo sabía y él también

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